miércoles, 17 de agosto de 2016

Gracias a Federico y Antonio José




Hoy, tal día como hoy hace 80 años, Federico ya estaba retenido por quienes iban a tener la cobardía de matarle, desarmado y por la espalda. A quienes todavía hablan de "actos de guerra" les invito a pensar en esa imagen una vez más y dejar de sembrar ambigüedades sobre lo que todos sabemos que es injustificable, aterrador y horrible, sin paliativos. 

Ya hace años que leo mucho sobre Federico, sobre su obra y sus metáforas, sobre su forma de cantar y contar. Quizá todo vino porque un profesor de literatura de mi instituto, que no era el más interesante ni el más fascinado o capaz de despertar fascinación por su materia, nos hizo leer con aquellos 13 años "La zapatera prodigiosa", declamándola en medio de clase. Recuerdo las intervenciones gloriosas de la enfadada zapatera en medio de la calle y la gente, su carácter rotundo y esa imaginación que la llevaba a soñar con una vida distinta. No era tan evidente en aquella época que una mujer se atreviese a soñar así, pero entonces yo no lo sabía. Sí sentía que el texto era precioso y emocionante. Fue otra compañera la que, al encarnar el rol la zapatera, decidió no solamente leer, sino interpretar. La clase entera se contagió y, en los últimos cuadros, muchos compañeros decidieron leer con más implicación. La clase vibraba con el reencuentro del zapatero y la zapatera, los compañeros se desbordaron de risa con el "¡¡¡por tu culpa!!!", que en los últimos párrafos demuestra que la relación entre los dos no cambiará nunca. También recuerdo ratos perdidos, imaginando cómo sería el amante imaginario de la zapatera, montado en su jaca blanca a la luz de la luna. 

Aquella friqui de 13 años leía ya entonces mucho sobre el Romanticismo Alemán (recuerdo la cara alucinada de una querida vecina, profesora de literatura, explicándome que era algo muy específico y que no tenía libros de mi nivel de lectura para prestarme) y se planteaba cómo sería su vida bajo la influencia de personalidades como Chopin o Beethoven, a quienes intentaba imaginar como "sus amigos". Me recuerdo leyendo biografías de Federico, intentando saber más de aquel artista sorprendente. Recuerdo haber leído alguno de sus textos sobre el oficio del poeta, aquel "respetable público no; público solamente" y haber reflexionado sobre su mentalidad tan europea y su comunicatividad tan directa, es decir, sobre el hecho de que aquel señor que tenía más edad que mi abuela, sonase tan moderno en sus escritos, tan visible en sus imágenes poéticas. 

Muy poco después, algunos compañeros que representaron en una función del instituto la "Balada de la placeta" me pidieron algo de música ambiental para embellecer la representación y para acompañar la melodía que cantan los niños. No sabía entonces que iba a hacer algo tan propio de Federico: coger el "Arroyo claro, fuente serena", sacar de oído notas y armonías, adaptarlo a un tono cómodo y hacer algunas pequeñas variaciones melódicas para separar las escenas. No todos los que actuaban como los niños lo hacían igual de bien, pero recuerdo una gran emoción cuando el muchacho un poco tímido y largirucho que representaba al poeta declamaba entusiasmado aquel "¡voy en busca de magos y de princesas!". Creo que estaba allí el embrión de una vocación de músico, la voz escondida de una persona que no sabía que estaba buscando su propio camino en la música, en el arte. 

Poco después, dos compañías representaron la mítica Zapatera en el Teatro Principal, en mi Zamora natal. Allí descubrí que el texto tenía canciones transcritas por mano de Federico, de allí me fui cantándolas y, desde entonces, siempre que alguien quiere algún imposible, le canturreo con guasa "si tu madreeee quiere un reeeey, la barajaaaa tiene cuatroooo"...

Federico me enseñó que había personas de mi propio país con las que podía identificarme profundamente y no solamente artistas románticos o rockeros malditos (inevitable tentación de cualquier adolescente). Siempre estuvo ahí, señalando caminos, despertando preguntas, llenando mi vida de metáforas universales. Hace muy poco tiempo, para ilustrar un concierto, tuve que elegir un verso que comunicase la idea del río de la vida con la búsqueda de los ideales. Leí muchas opciones, algunas maravillosas, pero que no lograron convencerme. Y, de pronto, en la "Oda a Dalí" me sonrió este verso: "En alta mar les sirve de brújula una rosa". Allí estaba condensada la idea del proceloso mar de la vida y la rosa como gobierno de la barca, como belleza y destino, de la forma más vívida posible. 

Fue de adulta cuando comprendí que la muerte de Federico no había sido una fatalidad irremediable. Fue entonces cuando entendí que las circunstancias que rodearon la muerte de Federico jamás debieron haber concurrido, que nunca debimos perder su tesoro inagotable de imágenes, su meditación, su voz a un tiempo ligera y profunda. 

Reconozco que como músico, a veces me he sentido un poquito celosa de que Lorca haya sido poco menos que "el intelectual" arrebatado por el franquismo, en detrimento de otras personas que fueron asesinadas del mismo modo. Me refiero concretamente al caso de Antonio José, el extraordinario compositor de Burgos de quien se dice que gritó "Viva la música" al ser fusilado. Sufrió las mismas envidias por su talento, apagaron su luz quienes no querían verle brillar por encima de ellos. Pero cuando voy leyendo más y más sobre la personalidad de Federico, los escritos recopilados por los compañeros en la Residencia de Estudiantes, más me doy cuenta de que su personalidad debió ser única, irradiante, encantadora. Por lo que leo, nunca se trató solo del artista, sino también de una persona impactante, que no podía evitar ser el centro de la fiesta, la sonrisa de su entorno y de la intelectualidad española de su tiempo. Al asesinar a Federico también se quiso arrancar de este mundo la alegría e ilusión de una inocente, purísima "corza blanca", como aparece descrita en el poema de Alberti, que leído tras la muerte de Lorca suena como una dolorosa premonición. No lo sé. Nunca estuve allí, pero todo suena a que el talento de Lorca era percibido entre sus contemporáneos como algo inalcanzable y ligado a una personalidad única. Por lo que voy leyendo, Antonio José no lo era menos. Sin embargo, el olvido forzoso de su música y personalidad llega hasta el punto de que alguien de su oficio y nacido a apenas 300 kilómetros de su casa, tiene que enterarse en Viena, hace apenas cuatro años de que existió tan inmenso músico (mi historia personal con Antonio José puede leerse en la entrada antigua "El Molinero de Antonio José", aquí:   http://elblogdeelizamora.blogspot.com.es/2014/04/el-molinero-de-antonio-jose.html?m=1 . 

He pensado muchas veces en lo amarga que es la escritura de la historia: todos conocemos a Lorca y su trágico final, pero.. ¿cuántos Antonio Josés demasiado desconocidos aún duermen en las cunetas de nuestra historia? Seguro que son demasiados como para hacer justicia a nuestra verdad profunda.

Han pasado 80 años, pero en mi recuerdo Lorca muere esta noche, como cada 18 de agosto. Antonio José y él coincidieron encerrados apenas dos días (al músico lo atraparon en Burgos el 11 de agosto, poco después que a su hermano). Los dos fueron privados de su libertad y de la vida en su entorno más cercano, en las ciudades que les habían visto nacer y dar los primeros y sorprendentes pasos en sus artes. Sin embargo, y aunque la primera deuda irreparable de sus ciudades tiene que ver con ellos y sus familias, no es poca la contraída con todo el país. A nosotros también se nos ha privado de un irreparable tesoro de vidas, sueños, músicas y poemas. Por ellos y por todos los demás, pienso que nuestro país debería enfrentarse a su pasado, curar las heridas que siguen abiertas y, como mínimo, dar sepultura digna a sus muertos y vivificar su memoria. Por lo que a mí respecta, solo puedo darles las gracias a los dos, por seguir tan vivos, por abrir caminos en mi vida de una forma tan hermosa e intensa como solo pueden inspirarlos artistas de su talla, de su trascendencia, de su modernidad. 

sábado, 30 de julio de 2016

El sonido, Wolfram Rieger y el color del mar


28 de Julio de 2016. Escuela de Canto de Madrid. 
De derecha a izquierda podéis ver a Andrés Reyero, Elisa Rapado y Wolfram Rieger


Una de las maravillas de ser pianista acompañante es que es un trabajo que se revaloriza con la edad y la experiencia y a nadie le sorprende que quieras profundizar en ello, aprender más o revisar tus puntos de vista. 

Como algunos sabéis, trabajar con Wolfram Rieger me supone enfrentarme a todos los fantasmas, a las inseguridades, a la historia personal de una pianista llena de preguntas que, durante años, únicamente tuvo la certeza de querer tocar Lied con la mayor dignidad posible. Durante años, la opinión de Wolfram sobre mi trabajo pianístico tuvo tanta importancia que cada curso con él suponía replantear por completo mis bases una y otra vez, siendo consciente de la enorme distancia entre mi realidad pianística y mis deseos. A las ganas inmensas de descubrir y aprender más se unía ese miedo a sentirme el microbio más insignificante del mundo, al balbuceo ante cualquier pregunta un poco comprometida: "¿Qué significado le dais a esta palabra? ¿A dónde lleváis esta frase? ¿Cómo planteáis la dualidad de esta escritura de 2 contra 3?" y pensar y sentir que las cosas no estaban suficientemente masticadas, interiorizadas, resueltas. No hablemos de lo que sucedía si, además, yo consideraba que mi cantante no estaba yendo en la misma dirección en su propio aprendizaje.

Hace ya bastantes años tuve que resolver que no tenía más remedio que ser yo quien gobernase las decisiones artísticas, que no podía subir al escenario (fuese con alumnos de repertorio de canto o con músicos profesionales) llena de dudas, de preguntas que le formularía, tanto a él como a Julius. Que tenía que aprender a convivir con mis propias decisiones, incluso asumiendo que podían no ser tan perfectas o fundadas como las que cualquiera de ellos tomaría. Que había un punto en el que había que lanzarse y construir una base sólida para que el cantante a tu lado pudiese volar y que eso incluiría a veces convivir con el error o incluso aceptar tocar peor si era necesario para dar al equipo la seguridad necesaria.

Este año me lanzaba al reto con un atractivo especial: ver a Rieger trabajar con mis propios alumnos, con dos jóvenes cantantes que consideraba que estaban al nivel de aprovechar sus enseñanzas, atesorarlas y valorarlas como yo las valoro. ¿Sabéis qué sucedió? Reaparecieron los miedos: "¿Pensará Rieger que mis chavales están al nivel? ¿Les habré dado los medios suficientes para poder contestar fundadamente a las preguntas que les formule? ¿Tendrá buena impresión de lo que hemos construido?" Y me sentí temblar otra vez como aquella colegiala tardía que aterrizó en su curso de Lied en Barcelona hace 12 años.

La mayor suerte que he tenido como liederista, como persona que quería pasarse la vida rodeada de esta música y rendirle un servicio fiel, fue conocer a Rieger al principio del proceso. Me evitó perder el tiempo con personas que argumentan con palabras parecidas, pero que no sienten el mismo respeto por la música, los poemas y el estilo de cada compositor. Ahora, muchos años después, con la experiencia de trabajar con ello cada día, me doy cuenta de hay cosas que se adquieren con la experiencia, la observación, la didáctica. Pero también me doy cuenta de que algunos errores que cometía hace 12 años siguen estando allí. Y estarán, porque forman parte de la propia esencia personal, del diálogo que estableces con la música, de la lucha entre lo que sueñas y aquello de lo que ya eres capaz, de la conciliación entre tus posibilidades y ese infinito escurridizo que a veces oyes muy cerca, pero desaparece cuando intentas alcanzarlo con los dedos.


El proceso de trabajo de mi sonido con Rieger no empezó como veis en esta primera fotografía, ese apagado mar con un color bonito, pero sin brillo. A veces, cuando va avanzando el curso, el sonido de los pianistas acompañantes llega a estar así, porque tocamos demasiadas horas y llega un punto de cansancio en que dejas de reflexionar sobre el sonido que estás emitiendo. Pero este año yo sabía que el sonido no era una masa, no era petróleo. Oía el brillo. Lo que pasa es que era un brillo como el de esta segunda fotografía, una resonancia leve pero que no terminaba de iluminar la densidad de lo que había debajo: 


En cuanto terminé de tocar la primera pieza, Rieger se dirigió al piano para renovar la luz de mi sonido, prácticamente antes de haber hablado sobre lo que oía. Tocó y sentí una impresión como la que veis en la última de las fotos: cristal, luces, un color precioso, la sensación de que puedes ver el agua, todos sus elementos, la luz que incide sobre el mar y su fondo. 


Como en otras ocasiones, la oscuridad de mi sonido tenía que ver con la percepción del dedo en la superficie y el fondo de la tecla; un dedo mucho más alejado, falto de peso y blando de lo que yo percibía. Faltaba la actividad, esa falange como una flecha hundida hasta el fondo de la tecla, que hace cosquillas a los armónicos antes siquiera de haber puesto el pedal y les hace mirarse entre sí y sonreírse antes de lanzarse sobre la tapa abierta y multiplicarse en su viaje hacia la sala.

El reto, como siempre, es la consciencia. Poder pensar al mismo tiempo en sonido, forma, estilo, legato, dirección de la frase y texto, y percibirlos con la misma nitidez y precisión, y todo ello sin dejar de comunicarte con quien constituye tu equipo. Conseguir que el cansancio de las horas, la semana o los meses de trabajo no puedan con la voluntad firme de no tocar ni una sola nota que no sea lo más perfecta y preciosa posible. De no abandonar la búsqueda del tesoro ni en las tardes de mayor sinsentido de la vida (y hay muchas en la vida de una persona a la que le importan los Derechos Humanos, las buenas relaciones humanas, la justicia, la educación, la cultura). De seguir disfrutando el arte como uno de los pocos refugios en los que la Humanidad se encuentra a solas consigo misma. De no utilizar la modestia y la falibilidad personal como excusa para no seguir mejorando en el servicio que se le rinde a la música, algo que (me temo) puede llegar a suceder cuando el cansancio no te deja pensar o sentir de una forma limpia, reposada y sana.












domingo, 3 de julio de 2016

El Lied ambulante, mi sueño de verano


El Ópera-bus, una versión francesa de mi sueño artístico de cada verano


Hasta hace relativamente poco tiempo, pensaba que mi sueño era únicamente mío e incluso una idea original. Yo soñaba con un peregrinar artístico, como el que ideó Lorca con La Barraca: Entre dos y cuatro cantantes viajarían en verano conmigo a bordo de un cochecito que tirase de una caravana dentro de la cual se instalase un piano. La caravana (o autocaravana) sería desmontable, como las de algunas ferias. Cada día viajaríamos a un pueblecito pequeño y aislado y nos instalaríamos en la plaza más apropiada del lugar. Allí explicaríamos a las gentes curiosas que íbamos a interpretar un concierto aquella noche, bajo la luz de las estrellas, o tal vez más cerca de media tarde, cuando la luz del atardecer imprimiese un ambiente mágico a la velada. Cantaríamos Lied y canciones de toda Europa, a solo y a dúo, explicaríamos sus significados, dialogaríamos con las personas que vinieran. Cantaríamos sobre el amor y la amistad, cantaríamos sobre la noche y las estrellas, los árboles, arroyos, flores y jardines. Cantaríamos canciones populares de ronda y serenatas. Cantaríamos para crear vínculos entre las músicas tradicionales y las reelaboradas por compositores, haciendo sentir a aquellas gentes cómo se entrecruzan las líneas entre una y otra.

Pensaba en viajar un día y tal vez descansar el siguiente (porque los cantantes son muy delicados), a lo mejor solamente unos pocos kilómetros cada vez. Podríamos recorrer una sierra o una cordillera y poblarla de música durante el mes de julio o el de agosto, cuando muchos de los habitantes del lugar vuelven para pasar los meses de verano. 

Pensaba también en nosotros, en los músicos, en el vínculo especial que se establecería al viajar juntos en este peregrinar artístico y en cómo podría cambiar nuestras vidas en lo sucesivo. En la experiencia de hacer música en medio de la naturaleza, en que el sonido se enriqueciera de búhos y grillos, del murmurar de las ramas y los ríos. 

Y entonces, descubrí este artículo: 

http://www.elnuevoherald.com/vivir-mejor/artes-letras/article50761585.html

En realidad, la idea es un poquito distinta en cuanto a que se trata de un autobús al que hay que subir, puesto que es en sí mismo un recinto operístico. Nuestra caravana de canciones sería algo distinto, puesto que transformaría al propio pueblo en escenario, en el lugar donde acontece la propia música. 

Hoy me he despertado pensando que esta idea no tiene por qué ser pura teoría. Que sería hermoso que se hiciera realidad. Que quizá la idea de la caravana no tiene por qué ser tan compleja o costosa y se puede convertir en algo tan sencillo como un remolque grande en el que el piano esté cuidadosamente a cubierto. 

Hoy me he despertado diciendo en mi mente la frase: "busco patrocinador para hacer realidad mi sueño". ¿Alguien se anima...? Pues.. que me escriba, por favor: 

paraelisasinbeethoven@gmail.com
https://www.facebook.com/elisa.rapadojambrina?fref=nf
https://twitter.com/ElisaZamora


sábado, 5 de marzo de 2016

Mi adiós a Jose Ferrero



Acabo de evocarle, recordando el ensayo de la única vez que le acompañé. Un tipo enorme, sonriente, seguro de sí mismo, con radiante y contagiosa risa de tenor.

No tuvimos que hablar mucho, fue una buena señal. Lo tenía todo enormemente claro: planteaba un Walther arrogante y carismático hasta lo irresistible, con sutiles diferencias en cada uno de los retornos melódicos de "Morgenlich leuchtend", a los que subía con facilidad y anchura. Es muy sencillo trabajar con un cantante que sabe lo que quiere y lo persigue con naturalidad.

Al subirse al escenario del teatro Calderón, en un concierto al que los wagnerianos de Madrid habían invitado a la todopoderosa Eva Wagner-Pasquier con motivo de su centenario, hubo un gesto que me conmovió: Jose saludó al público, se situó para cantar la primera pieza... y de pronto, el gigante me conmovió con un curioso gesto. Quizá se sintió de pronto un poquito desprotegido ante un aria que ya nos había dicho que no había cantado mucho, el caso es que me miró y, casi inconscientemente, caminó hacia el ala protectora de mi piano, donde se refugió durante los primeros minutos de interpretación del aria. Planteé un sonido distinto, adaptándome a un comienzo más suave y meditativo de lo que había esperado.

Poco a poco, cada vez más seguro ante el camino recorrido, Jose abandonó el rinconcito, dio un paso al frente y su enorme voz, que ya había planeado acariciando los distintos rincones de la sala, comenzó a inundarla con rotundidad, con seguridad y aplomo. Mis armónicos percibieron en los suyos la necesidad de ir creando un sonido cada vez más rico y sólido. Creciendo en intensidad y creciéndose en su interior, Jose alcanzó un gran aplauso de su público.

Recuerdo un abrazo y un saludo especial en escena, surgido de la complicidad de aquel momento. Recuerdo haber pensado que su Siegmund, su "Winterstürme" era perfecto en juventud y color, pero que los años le irían dando poso, profundidad, anchura. Recuerdo también haber evocado en algunas ocasiones, con cierta ternura, en ese momento de inseguridad de un chico tan enorme y seguro de sí mismo, de un artista cada vez más consagrado. Cuántas veces he pensado que sería bonito volver a tocar juntos y nunca he tenido prisa: "es un wagneriano. Cualquier día coincidirán Pilar y él en cualquier teatro y entonces seguro que surge la idea de hacer algo".

Cuando muere un músico son muchos los planes que mueren con él, horas dedicadas al enriquecimiento de su arte, horas de belleza sonora que, de algún modo, habría compartido con todas las personas que le escuchan, que comparten su camino. Esas horas, que se nos arrancan a todos del destino, se me agolpan en el pecho como un gran hueco, como un enorme silencio que debería haber estado lleno de música.

Ahora sé que no veré crecer tu Siegmund, que no te veré abordar otros papeles, que nuestros caminos no nos volverán a permitir hacer un rato de música juntos. Y lo siento enormemente, me arde la herida sobre todo por ti, por tu familia, por tus amigos, pero también por las personas a las que has hecho felices con tu música.

Con el corazón triste y lleno de cariño te despido del mundo de los vivos, querido Jose Ferrero. 

Os envío un abrazo enorme los que le conocíais de verdad. 








miércoles, 27 de enero de 2016

Mis alumnos también me lo contagian todo

Una mano de una alumna feliz


He escrito hace poco una entrada en mi blog como profesora de piano que analiza la influencia del canto en cómo aprenden a tocar su música los alumnos de mi clase. La podéis leer aquí: El canto y los alumnos del aula 300. También, hace ya algunos años, escribí cómo en el aula nos contagiamos todo: los nervios, la forma de hablar, determinados gestos.. pero también muchas soluciones. No he querido releerla antes de escribir, por evitar hablar de las mismas cosas en esta entrada, pero la podéis encontrar en este enlace. 

Durante el año pasado tuve muchas ocasiones de darme cuenta de cómo mi forma de estudiar es cada vez más rápida y efectiva precisamente porque doy clase a alumnos de piano, porque me esfuerzo cada día en solucionar problemas para otros, observándolos desde la objetividad de la silla de al lado y no desde el propio taburete, ese lugar donde el pianista se afana en su propio problema. Había pensado en escribir una entrada en el blog del aula 300, pero me he dado cuenta de que quiero escribirla aquí porque es una forma de hacer un homenaje en mi blog personal liederístico a todo lo que mis alumnos me aportan, con sus dudas, sus inseguridades, sus preguntas, intuiciones, razonamientos y certezas. 

En enero de 2015 tuve una semana muy creativa y muy nerviosa, ante la inminencia de mi primera intervención en vivo en un programa de Radio Clásica, llamado La Dársena. Había estado estudiando con absoluta obsesión, perfeccionando cuidadosamente todos los pasajes, pero seguía habiendo una zona de la Farruca de Turina que se me resistía. Tuve suerte: el jueves, justo la víspera de grabar el programa, tenía una clase con mi alumno Daniel. Dani es un completo fan de Turina y de hecho, él sabía que nuestra elección de Turina para la radio suponía un pequeño homenaje a él (a escondidas) por mi parte. Trabajábamos el Sacro-Monte, uno de los peores pasajes, con bastante polirritmia y acordes grandes.

"Dani, es imposible que puedas mirar y tocar al mismo tiempo. Creo que la única forma de que te funcione es apelar a todas las memorias: auditiva, musical y muscular". Lo probó hasta lograr memorizarlo y funcionó extraordinariamente. Varias horas después de aquella clase, me senté otro rato a estudiar mi Turina.... y me golpeé la frente al darme cuenta, al brincar en mi frente el mismo consejo: "Se lo dices a tu alumno y te olvidas de ti misma. ¿Cómo crees que te va a salir el pasaje de Turina si no te lo sabes de memoria?" En veinte minutos, el pasaje quedó asegurado y listo para la radio, tal y como podéis escucharlo en el minuto 49 de este podcast

Unos cuantos meses después, en la semana en que presentábamos en León No hay cantar sin amor, mi primer disco de Lied junto a la mezzosoprano Pilar Vázquez, estuve dando clase a mi alumno Javier. Estábamos trabajando el temible pasaje de acordes de Asturias, de Albéniz, una música tan extraordinaria como tensa físicamente. Le propuse dos formas de estudiar complementarias: tocar el pasaje una vez esperando el tiempo suficiente como para preparar perfectamente cada nota del acorde, tocar la siguiente vez sin prepararlo, arriesgándose a dar notas falsas, pero con el tempo exacto. La idea no funcionaba porque Javier tenía mucha tensión física en la bajada del acorde. 

"Creo que debes relajar antes y después de dar cada acorde, no solamente antes o después, Javier. La emisión del acorde tiene que ser fruto de la relajación, no de la tensión". 

Un par de días después, ya en el escenario, la frase me vino a la cabeza justo antes de comenzar el célebre solo de La maja y el Ruiseñor de Granados: "Los acordes se relajan 'antes y después', no solamente una vez". Creo que nunca he tocado ese solo con mayor comodidad, pero me sorprendió aún más que el propio Javier (que estaba en la presentación) me comentase que se había dado cuenta de la doble relajación y que había tomado nota mental de que funcionaba. 

Uno de los consejos que repito con mayor frecuencia en clase (y que he heredado de mi querido maestro Julius Drake) es la necesidad de emancipar la melodía de las ataduras que la retienen en el suelo, la absoluta necesidad de que la línea tenga una vida propia y que ocupe el mayor espacio polifónico posible dentro de una distribución horizontal consciente. Solemos negociar en tantos por ciento (eso no es de Julius, sino más bien de Claudio Martínez Mehner): la melodía, pintada en rojo, suele oscilar entre el 50 o el 60% del volumen sonoro total. Después reservamos un espacio para el contracanto (generalmente la línea del bajo), que suele ser un 30% y reservamos como mucho un 10% o un 20% a las notas de relleno armónico, independientemente de que sean muchas o pocas. De esta forma, la música se mueve con una facilidad mayor, no arrastramos el peso de grandes fardos de notas tocadas con la misma importancia, sino que es la progresión de la melodía la que va creando a su alrededor crescendo y diminuendo, evolución y transformación:  



Melodía roja, 60% del volumen total. El bajo en octavas, 30%. Si solo reservamos un 10% de volumen a los tresillos de semicorcheas, es imposible que nos retrasen o nos entorpezcan el caminar de la pieza... ;) 


Esto es algo que explico a mi alumna Raquel diciéndole "por favor, no toques igual de bien todas las notas: toca algunas un poco peor". 

Sucede en ocasiones que, a la hora de abordar la pieza en público, una melodía bien brillante y destacada sobre el resto de las voces, además de resultar más atractiva, pueda camuflar la inseguridad repentina que pueda surgir con los nervios en alguna de las notas o acordes intermedios. Naturalmente, la melodía no suele bastarse sola a la hora de camuflar una verdadera falta de calidad de las voces intermedias, que hay que estudiar tan honradamente como la melodía aunque no vayan a sonar tanto.. ¡pero a veces sí, si se tiene la suficiente experiencia! Un gran pianista, un enormísimo grande como Joaquín Achúcarro confesó en la radio que una vez le habían pedido el estudio opus 25 número 11 de Chopin como propina en un concierto. No recordaba enteramente bien la mano derecha: Achúcarro dijo que lo había camuflado resaltando enormemente la melodía de los intensos graves. Aunque me quedé con la anécdota y a veces la cuento para invitar a los alumnos a proyectar más sus melodías, pienso que sería maravilloso que apareciese una grabación de aquel día para comprobar si es cierto que hubo notas falsas en la mano derecha, porque intuyo que, simplemente, don Joaquín fue demasiado modesto al valorar su propia calidad tocando aquel día.  

No os voy a confiar dónde está la trampa, pero si os diré que en nuestra más reciente Dársena de Radio Clásica, grabada el 8 de Enero de 2016 (y que podéis escuchar aquí), tuve que recurrir durante unas milésimas de segundo a esconder ciertas inseguridades detrás de una melodía hermosa, cuidada y bien proyectada... ;) 

Queridos alumnos, de verdad que estoy encantada de aprender tanto de vosotros. Os llevo en mi cabeza, en mi música y mis emociones, hasta el punto que veis: a veces, cuando estudio a solas conmigo misma, ¡os sigo dando clase...!

sábado, 7 de noviembre de 2015

Aprendiendo de "Yo soy la locura 2"


Ya estoy otra vez con mis travesuras, hablando de música barroca en un blog sobre Lied. Pero ya me conocéis... no puedo resistirme a escribir sobre todo lo que me inspira y me ayuda a entender cómo hacer mejor la música que adoro. 

Hace ahora un año y medio, tras un directo espléndido del grupo, el álbum Yo Soy La Locura invadió mi vida, arrolladoramente, con sus doloridas y a ratos perplejas historias de desamor. Me convertí en una de tantas aficionadas que estaban esperando con gran ilusión la segunda parte de tan loca empresa. 

Así como la Locura 1 era un ramillete de canciones bien organizado, pero más melancólico que loco en su contenido, Locura 2 se planifica conscientemente, para alternar melancolías con las locuras más locas. Pero para poder sorprender con la modernidad de pensamiento en las letras más arrojadas hacía falta música y esta vez no la había: El trabajo de recuperación y recreación que ha hecho Álvaro Torrente es fascinante, vívido y alegre, además de abrir de una vez la caja de los truenos: "¿Qué pasaría si hoy se intentara escribir música como en el siglo XVII?" Pues bien, pasaría que disfrutaríamos de momentos musicales de frescura contemporánea y sonoridad diecisietesca, es decir, de un producto que no desmerece nada de la base de las corrientes de recuperación histórica: interpretar equilibrando lo histórico con la contemporaneidad y también (y por qué no) con las modas (barrocas) del momento, que ya no son las mismas que en 1967.

A la Andueza le sale un competidor en liderazgo en este disco: el violinista Alessandro Tampieri, un artista revoloteante, de inmensa personalidad, que te deja atrapado en la locura de sus revoluciones (en el Bailly), pero también en la intensidad amarga de las apoyaturas doloridas (Pasacalle). Sin duda es una riqueza para La Galanía, un grupo que se ha basado durante años en acompañar la visible, enorme personalidad que imprime Raquel, pero que cada vez encuentra una mejor voz propia en las piezas instrumentales. No dejo de pensar que es importante que haya un solista instrumental con la misma capacidad que ella para dejarte aturdido, meditabundo o volando. Opino además que la razón por la que La Locura 2 parece avanzar más rápidamente en las emociones y cierra tan brillantemente el arco abierto por la Locura 1 es precisamente por la evolución que aporta una presencia instrumental más decidida, más protagonista, algo que no depende de un único intérprete: Jesús Fernández Baena ha ganado en movimiento y rotundidad, en la toma de decisiones, Pitzl le sonríe cómplicemente con una luminosidad nueva. Se luce Vilas en el arpa y Mayoral nos demuestra cómo la percusión histórica hace tiempo que no tiene que ver solo con el ritmo, sino con pintura, ambiente e imaginación. No hay nada como comparar el camino que separa el Du Bailly que abre el primer disco con el que cierra el segundo: ambas lecturas son lícitas, inspiradoras, limpias... pero tras la segunda, ya no hay vuelta atrás en el camino. 

Es posible que, a partir de algunos solos instrumentales, esta grabación abra el debate de si determinada forma de tocar es "honesta", de si la música barroca hecha en nuestros días tiene derecho a ser tan vistosa, tan influida por otras músicas (desde la moda de lo celta hasta Paganini). Yo entiendo que el resultado tiene el perfecto equilibrio entre lo vistoso y lo honesto desde un punto de vista histórico. En otros grupos, a mi parecer, la balanza se inclina descaradamente hacia lo comercial.

Otra cuestión de importancia es la capacidad de Raquel Andueza & La Galanía para convertir al momento en grandes éxitos piezas que hasta ayer mismo dormitaban aburridas en estantes de la Biblioteca Nacional. En un país con una parte tan grande de su patrimonio musical aún por descubrir, estas iniciativas son las más necesarias para el gran público: A los aficionados ya nos tienen convencidos, por lo que lo más importante es enganchar a nuevos oyentes. La labor musicológica de las reconstrucciones de Torrente es magnífica, pero no lo es menos la investigación, las horas en la biblioteca, la selección de las piezas descubiertas, el tiempo destinado a encontrar lo mejor dentro de lo bueno y a elegir la forma de contarlo en que resulte más apasionante. El disco nos desvela que el artífice de estas decisiones, milagrosa base de la nueva vida de estas piezas no es otro que el tiorbista de graves poderosos: el mismo Jesús Fernández Baena. 

¿Por qué nos fascina cómo canta Raquel Andueza? Pues porque te atenaza con los textos y te los hace sentir en toda su extensión, haciendo captar de inmediato al que los oye el sentido de cualquiera de las palabras antiguas (enojo, menoscabo, mudanza). Por el arrojo y el carácter de las piezas más modernas en letras, por la dulzura dulcísima de las tiernas, por el sentido dramático de las melancólicas: es difícil oír el "Ya no les pienso pedir", "Con esperanzas espero" o "Tres niñas me dan enojos" sin empatizar de inmediato, sin dejarse seducir por un sonido que parece estar en todas partes al mismo tiempo: en el rostro, en la frente, en la boca, en la cabeza.. y a veces incluso dentro de ti. 

Insisto de nuevo en el hallazgo que suponen las nuevas piezas, el Cherubino loco que da voz al Catálogo, la seguidilla de la Venta y su sorprendente negociación en diálogo. La Jácara de la Trena la recuerdo de un directo arrollador.. en el disco diría que la intensidad va "in crescendo" a lo largo de la pieza. Pero no puedo por menos que enamorarme de las que han venido a buscarnos desde el lejano siglo XVII, para sonar tan reales y preciosas como si se hubieran escrito ahora mismo: "Si queréis que os enrame la puerta", "De mis tormentos y enojos".  

¿Os confieso una tontería? Lo único que me ha parecido poco atrevido de este maravilloso disco es la portada: La foto de Novak es maravillosa, pero la de Yo Soy La Locura es prácticamente una foto abstracta: Me planteo... ¿por qué qué habrán preferido volver al realismo en vez de profundizar en una imagen aún más irreal, cuando el camino recorrido por La Locura 2 llega más lejos en su modernidad que el de la Locura 1...? Nunca se sabe. Sus razones tendrán. 

Bien, ahora tengo que dejaros. Voy a volver a poner el disco... ¡para inspirarme! :) 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Nuestro primer disco se llama "No hay cantar sin amor".


Se llama No hay cantar sin amor, retomando el eco de la última frase cantada que escucháis en él, en la pieza La maja y el ruiseñor. 

Es mi primer disco y nuestro primer disco juntas, al lado de Pilar Vázquez. 

Lo más difícil de salir a la vista de todo el mundo en forma de CD es que, a diferencia de lo que sucede cuando haces un concierto, las personas pueden escucharte una y otra vez. Compararte con otras versiones. Pensar, no dejarse únicamente llevar por la emoción del directo. 

Hoy ha salido la primera crítica y me he emocionado. Porque he visto a Arturo sentado en su casa, escuchando y tomando notas. Levantando cejas sorprendido por decisiones que le parecían sorprendentes, asintiendo ante las que le parecían respetables. Dedicándole tiempo a escribir y describir lo que oía. 

Y resulta que ha oído esto: 

"Son características que apreciamos a lo largo y ancho de estas interpretaciones en las que la cantante aparece arropada con extraordinario mimo, hasta los más íntimos recovecos, por el piano de Rapado, una instrumentista muy dotada técnicamente, de pulsación nítida, de un sonido muelle y de una notable capacidad de matización. Las dinámicas son muy ricas y los colores, variados y el fraseo se nos antoja natural y bien medido, siempre con atención y respeto a la línea vocal. Tanto es así que en todos los casos las dos fuentes sonoras parecen conformar una sola línea, un solo cuerpo, una ejemplar unidad". 

Y yo me he quedado tan aturdida que no reacciono. 

La crítica completa la podéis leer aquí: http://www.elartedelafuga.com/wp/rara-avis/